Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos de Infancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Recuerdos de Infancia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Lluvia. Cae.

Lo primero que había que hacer era correr a cerrar las ventanas de arriba, de las habitaciones, para evitar que se mojarán las cortinas, los velos. Luego ya podíamos hacer lo que quisiéramos. Y siempre queríamos ir al comedor, al comedor pequeño, de paredes y suelo de piedra y lo importante, techo de cristal. Aquello era mágico: el cielo tornaba oscuro ("como un pulmón que flotase en una bañera llena de tinta negra"), el repiqueteo iba creciendo sin ritmo ni orden hasta que nuestras voces quedaban ahogadas. A veces la oscuridad era tal que teníamos que encender las luces. Y en otras el ruido era tal que poníamos la música a todo volumen y a duras penas la oíamos. Aquella lluvia nos volvía locos. 


Dura es la lluvia que cae de Don Carpenter es una novela bestial, de castigo y de odio, de gente que esta jodida sin saber porque, de gente que quiera joderse sin saber porque, de billares y borracheras, de romperse el lomo, de romperle el lomo, de la cárcel y del amor, del sistema judicial, del crecimiento humano, de la reflexión y de la acción. Es una novela Magistral de leer una y otra vez, de crecer con Jack, de hacernos sus mismas preguntas, sus mismas lecturas, de querer aconsejarle, de jodernos con él.  

Absolutamente Salvaje

martes, 5 de marzo de 2013

Campeones

Lo que parecía imposible sucedió: un muchacho del pueblo se acaba de coronar Campeón del Mundo. El sentido de la solidaridad, bastante desarrollado entre los pobres, hizo que todos se sintieran parte del triunfo. No, parte no, todos eran campeones. Se sentían plenos, grandes, invencibles. En cuanto la euforia y las endorfinas fueron cediendo se dijeron que no, que no querían volver a sus vidas, que querían estar pletóricos, exultantes, querían tener el cinturón en sus manos. El alcohol empezó a circular.


Situada en Atlantic City y con mafiosos, prostitutas y boxeadores por medio, Luna de Casino, nos trae a uno de esos Perdedores de la vida con los que es imposible no simpatizar, Antonhy Russo. Uno de tantos que un día despierta y se ve de protagonista de una mala película, de un bodrio insufrible, que para más inri no es otra cosa que su Vida.

Todas las tramas del libro se tensan y como las cuerdas del cuadrilátero devuelven al boxeador a la lucha. Los muertos, los planes frustrados, las oportunidades perdidas, los recuerdos imborrables golpean sobre el lector en una profusión de ganchos y croches, buscando hundir los nudillos, hacer daño. Y lo hacen. Y como sus protagonistas no podemos huir, no podemos dejar el combate, seguimos leyendo. Esperando el knock out. Y llega, claro que llega.


Todavía estaba aturdido. La pelea había sido dura y el vuelo de vuelta largo. La multitud de caras, de ojos brillantes, de mujeres gritando ¡campeón! ¡campeón!, los periodistas hablando de hazaña, todo ayudaba al sentimiento de irrealidad, de anestesiamiento, de caminar por un decorado de cartón piedra. No tardaría en volver a la realidad cuando le contaron lo que debía.  Era mucho más que la bolsa que había cobrado.

El pueblo entero había bailado, bebido y comido a su costa, pidiendo fiado a su nombre, durante varios días para celebrar que por fin, después de tanto sufrimiento, eran Campeones.