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martes, 11 de noviembre de 2014

Un Millar

Me contaron, y así lo creí durante muchos años, que Pele había matado a La Araña Negra de un balonazo en la cabeza. Había sido durante un partido de selecciones, cuando Pele disparo a puerta, creo que fue una chilena o tal vez en el lanzamiento de un penalti, y el balón impacto en la cabeza de Yashin. Por supuesto que no fue gol, eso hacía aún más grande la leyenda del portero ruso y por ende de Marcos Coll que unos años antes le había marcado un gol olímpico durante el transcurso del mundial de Chile. Una vez desviado el balón, cumplida su misión, la portería a cero, el soviético se desplomo para nunca volver a levantarse
Un tribunal condeno a Pele por homicidio involuntario. Estaba claro que el astro brasileño no cumpliría su condena en prisión, me dijeron. Las presiones eran muy grandes, recuerde que el presidente de la Fifa era brasilero, ese mafioso apellidado Havelange. La pena que le impusieron, y esto cuando lo pensé con el tiempo, es decir, años después de dar por completamente válida esta historia, era muy absurdo, su condena era patear un millar de cocos descalzo. Un millar de cocos descalzo, increíble. Esta condena, que Pele cumplio sin protestar y demostrando ejemplaridad, le sirvió como entrenamiento y método de mejora. Volvió para liderar a la fabulosa selección del 70 que gano en México y se quedo para siempre con la copa Jules Rimet.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Corrientazo

La corriente, o mejor, los corrientazos fueron subiendo de intensidad. De la simple anécdota al cosquilleo. Guau o alguna expresión de ese tipo soltaron. Se preguntaron mutuamente si lo habías sentido. Se sonrieron y siguieron por el pasillo, mirando ofertas, escuchando la megafonía.

En el pasillo de los lácteos el corrientazo ya fue fuerte. De los de quitar la mano y encogerse el estómago. La razón los llevo a buscar Una Explicación. Consensuaron que se debía a una combinación del calzado y el material del suelo.

Las visitas al supermercado no eran muy habituales así que el asunto se olvidaba. Hasta el siguiente espasmo. Y entonces volvían a especular sobre las posibles causas. Y asi como las respuestas eran cada vez más disparatadas las descargas subían de voltaje. 

Pasaron los días de compra (meses en vuestro calendario, lectores, meses) y las teorías se acabaron. Los calambres electrificados eran violentos. Y sin embargo no se soltaron de la mano. Caminaron juntos cantando la canción del super. Buscando ofertas.


viernes, 13 de julio de 2012

Autoproclamado

Hoy por ser viernes tendría que ser capaz de contar la Historia del día que conocí al autoproclamado Hombre Más Borracho y Más Macho.

Esa historia tiene:
- Alcohol. Mucho.
- Vagón de madera.
- 32 grados centígrados y 103% de humedad.
- Cristales rotos.
- Luces estroboscópicas.
- Precariedad Laboral.
- Porteros Balcánicos con gusto exacerbado por la Violencia.
- Más Alcohol.
- El Autoproclamado Hombre Más Borracho y Más Macho.
- Yo.

El problema es que le falta:
- Sexo. O por lo menos Amor (Exceso o Ausencia).
- Contexto. Voz Propia. Mensaje Críptico.
- Moraleja.
- Giro Sorpresivo Final.

Que Rabia no poder contar esta Historia, la Historia del día en que conocí al autoproclamado Hombre Más Borracho y Más Macho.

jueves, 21 de junio de 2012

Ucronía

*Ayer me contaron una historia que me hizo pensar en otra historia, así que,

La mano tenía una mayor firmeza sobre su espalda. No había malicia, no había lujuria, solo una fuerza especial, como un calor sanador (una Determinación Magnética diría yo mismo cuando me contaron la historia.) Y mientras giraban, perfectamente sincronizados, al compás de la música, él se lo pregunto. Claro que se lo pregunto como quién no quiere, en ese tono de mentira verdadera, de broma seria. Bueno, y es que podría ser una Broma, acaso la mayor de todos los tiempos. Pero no, ni su mirada ni su mano (y esa fuerza especial que irradiaba: magnética, volví a pensar) la hicieron dudar por un momento. Sin embargo dejo pasar unos segundos. Él, repitió ¿qué me dirías si te pregunto que si te quieres casar conmigo? y ella siguió bailando, disfrutando del momento. Pensó en los veinte días que le quedaban para casarse y en los más de mil invitados confirmados. Ya asomaba el final de la canción cuando ella le respondió, si lo quieres saber tendrás que preguntármelo...

Instantánea del momento preciso de los acontecimientos

 .... debían ser las navidades del año 93 o del año 94 cuando desde un coche con la música a todo volumen, comenzaron a gritar. Las distintas voces, masculinas todas, se turnaban (probablemente por el esfuerzo sobrehumano que significaba emitir semejantes alaridos) para vociferar, alternando nombres de mis tíos con los de mis tías. No paso mucho tiempo, hasta que desde dentro alguien se dio cuenta que nuestra casa era la responsable del Bochinche Callejero. Y salieron todos hacia la puerta, felices con la llegada de los Hermanos, que venían "visitarnos por Navidad", como informo uno nada más entrar en la sala.
Los Hermanos, como supondrá el lector, llegaron bastante borrachos, a repartir besos y abrazos, con la camisa por fuera del pantalón, los ojos acuosos y un despeluque tremendo. ("Con arrugas de varios días", escuche días después cuando recontaron la historia). Aquél espectáculo magnífico, el de La Borrachera de los Adultos, nos era revelado por primera vez a mí y a mis primos, que asistíamos extasiados a actitudes hasta ese día desconocidas (profusión de abrazos, sudores excesivos, descordinación manifiesta, tendencia al grito y al aplauso mientras se baila y como colofón: al chiflido trompetero) que abrieron un mundo entero de posibilidades en nuestras, aún tiernas y reblandecidas, mentes.
Pasado un rato nos presentaron, "a la juventud" dijo otro Hermano. Nombre y nombre de los padres. Correspondientes exclamaciones de asombro ante el paso del tiempo y anotaciones referentes a nuestra excelente alimentación, perfecto estado dental, ausencia de ácne o taras manifiestas. Por un momento creí desfallecer ante la posibilidad de ser besado, como le sucedió a dos primos menores que yo. Creo que mi talla y un incipiente bozo desaconsejaron de tal acción. Al final todo se soluciono con un brutal y machisimo apreton de manos.
Antes de irse "porque los estaban esperando en una fiesta" (asombro generalizado y alarma por parte de mi abuela al imaginar la posibilidad de consumir todavía más alcohol) se despidieron. Acto que debió tardar una media hora llena de promesas de llamadas y de reproches por dejadez, amenazas cariñosas y amenazas serias de quedarse a cenar si los invitaban (alarma generalizada otra vez). Y fue entonces cuando, el pequeño de los hermanos (por tamaño, digo) me dijo en tono confidente, yo podría haber sido su papa, y remato la frase con un guiño de ojo. Me quede un buen rato pensando en la posibilidad de haber sido un pequeño y bigotudo borrachín en vez del espectacular espécimen que soy (séptimo hombre más alto de Colombia, ojo!)....

Retrato Robot de uno de los Hermanos

 ... la respuesta no pudo ser otra, solo la que la llevaba más de diez años esperando salir por su boca. Muchos años casados, hijos y nietos. Felicidad. (La historia del hombre que se quedo a las puertas del compromiso, con la tarta pagada, no la contaremos, no toca).

ucronía.
1. f. cult. Reconstrucción lógica, aplicada a la historia, dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que habrían podido suceder.

(Oiga que de vez en cuando hay que contar historias Bonitas)

viernes, 21 de octubre de 2011

Cultura Milenaria

Capítulo 1.
De como tuve un acercamiento a una cultura milenaria

Me debió despertar el grito. Algo en chino. O eso me pareció entender mientras intentaba recomponerme de ese sueño demasiado profundo. El traqueteo, la solana, el primer tren de la mañana, un largo viaje y mucha noche. Tenía todos los números para caer. Ni siquiera debí llegar a la media página leída antes de quedarme dormido. Tras el brusco despertar, realmente, me estaba costando recomponerme (lugar-hora-día).
Un pequeño tragar de saliva, un intentar incorporarme, acomodar el libro que tenía en el regazo en el asiento de al lado, buscar, sin éxito, el marca páginas, estirarme los vaqueros y por último, tratar de adivinar mi situación mirando a través de la ventanilla. (Ejercicio inútil: el cristal proyectaba la misma viñeta, el mismo paisaje, los mismos árboles y pastos, sin interrupción, en sesión continua).

El chino ya había bajado el volumen. Pero seguía repitiendo lo mismo, como un autómata, sin pausas ni inflexiones en la voz. Si alguien hubiese entrado en ese momento en el vagón, sin duda, hubiese pensado que se trataba de algún tipo de oración, de algún mantra. Para los que estábamos allí eso era imposible. Me giré buscando una mirada cómplice, alguien con quien compartir esta idea. Pero para mí intranquilidad me encontraba a solas con él.
Y el chino, que ya me vio despierto, siguió a lo suyo. Pero además mirándome a los ojos. Yo, en cambio, miraba sus labios, intentado adivinar, buscando un molde para sus sonidos. Y aunque alguna cosilla me pareció entender, tal vez ti, tal vez ja, lo que decía, el conjunto, seguía estando en el limbo, fuera de toda comprensión. Sin saber muy bien como, me encontré moviendo la cabeza como quién dice si, pero lo que realmente hace es pedir clemencia o, tal vez,  perdón.


Una simple ojeada bastaba para descubrir que él también se había quedado dormido. Un mechón rebelde lo delataba. Este parecía responder a una voluntad propia, ajena a la de su dueño, ya que tenía un movimiento alegre y saltarín, casi cómico, que contrastaba con la seriedad en el rostro y el terror alojado en sus ojos.
Como esas canciones que no hacen más que radiar hasta que te ves repitiendo un absurdo e incomprensible estribillo en inglés, la letanía del chino había adquirido una familiaridad para mí y con algo de esfuerzo hubiese podido repetirlo, como en un karaoke. Ya estaba seguro de reconocer alguna sílaba (ba, ja). Pero el mensaje real, seguía siendo incógnita.
Lo único que pudo callarlo, reventando la monotonía del zumbido, fue la voz pregrabada que anunciaba la llegada a una nueva estación. Como es habitual en estos casos, la voz sonó metálica y crujiente, algo baja y muy lejana. Solo pude escuchar con nitidez el final de la grabación, “Xátiva” y luego un largo pitido.
 
Y entonces, como si hubiese sido el pistoletazo de salida, el chino se volvió loco. Otra vez volvió a gritar, repitiendo una y otra vez los mismos sonidos pero insuflándolos de un nuevo tono, convirtiéndolos en  algún tipo de alegre oración o tal vez algún mantra milenario que lo transportaba al éxtasis.
Se levanto de un salto, más bien un saltito, que neutralizo al mechón rebelde, que juicioso se alisó. Se bajo entonando su canción, como un disco rayado diría alguno (ja-ti-va-ja-ti-va-ja-ti-va) con el gozo del que se recompone (hora-día-lugar) y descubre la habitación familiar, el rostro conocido. 

Madrid,
Octubre de 2011