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miércoles, 8 de marzo de 2017

Tripulaciones

Y luego están aquellos escritores que te vuelan la cabeza, aquellos que te impiden seguir, aquellos que te hacen volver a leer ese párrafo una y otra y una más y dices que ya esta bien, que tienes que seguir, pero sabes que ya está, que ese párrafo, esa frase te agarro de los huevos y que no hay nada más que hacer, que ya fue, que no, que nada de nada. Y te jode la simpleza con que te derrotan una y otra vez.

"- De pronto me da por decir las cosas como son. No irás a decirme que la cago por decir la verdad. Pues te diré algo. Por decir la verdad no se cagan las cosas.
- Cada vez que te vez en un aprieto, te escondes detrás de la verdad - dijo ella.
- Si, ¿verdad?
- Me he dado cuenta
Max Winekoff había encontrado una silla junto a la mesa del comedor y desde allí, al otro lado de la estancia, dijo:
- En eso Sarah tiene toda la razón, Pete. Yo también me he dado cuenta. Dejas que la verdad se interponga todo el rato en tu camino."

El amante de las cicatrices
Harry Crews


lunes, 2 de marzo de 2015

Mentirijillas

Anda la gente alborotada con unas mentirijillas contadas por una actriz. Hace unos días andaba la gente alborotada con las mentirijillas contadas por un niño mofletudo de barbilla retráctil. Ya falta menos para que la gente se alborote con el descubrimiento de unas nuevas mentirijillas. (Esas ya se han contado, ya están en circulación, sus efectos son reales)



El problema es que ya sabíamos que Enric Marco era un impostor. El otro problema es que la Teoría Cerquiana acerca de la pusilanimidad del pueblo español (usted y yo, vamos) ya fue esbozada y explicada hasta la extenuación en Anatomía de un instante. Eso si, tiene en el haber, la parte donde Cercas reflexiona acerca de su "aprovechamiento" de la mentira llamada Memoria Histórica. Tal vez muy largo, o mejor con frases que se repiten en exceso, muletillas que supongo Cercas pretende utilizar como mantras, salmos o el sencillo placer de leerse en buenas frases que fustigan el cuerpo de la narración. El impostor es una lectura entretenida, que pretende arrojar luz sobre el porque de la España actual y de lo que no estoy seguro que llegue a conseguir. 

El problema es que no sabíamos quien era Alfred Andersch. En Sobre la historia natural de la destrucción W.G. Sebald nos llena de incógnitas y espacios en blanco una historia contada miles de veces y sobre la cual no parece existir duda alguna, la segunda guerra mundial. Magistral sobre el uso de mentira (o ausencia de verdad, tal vez), sobre la construcción de un espíritu nacional, del castigo y la culpa, el silencio de los derrotados y mejor aún, el silencio de los vencedores (si, aquellos que sabían como se consiguió la victoria). Pero es en la reflexión sobre el escritor Alfred Andersch (la últimas 30 páginas de un total de 150) que eleva este libro a los altares, a ese parnaso literario al cual Andersch quiso entrar. Nos sirve su caso para ilustrar lo que suponemos fue un comportamiento común, un ejemplo de como la naturaleza humana siempre se escora a favor, que el No es difícil de pronunciar, que lo miserable se hermana con el triunfo, con el reconocimiento. 


El problema es que nunca sabremos quién es Romand. Sabemos que asesino a su mujer e hijos y a sus padres. Que mintió acerca de su carrera, de su trabajo. Que estafo a familiares, amigos, amantes. A pesar de películas, libros, miles de notas de prensa, Romand sigue siendo un vacío, el mayor de los enigmas. Su mentira, toda la impostura que fabrico, sencillamente lo ubico en el muy probable destino que le hubiese tocado. Paseos por el bosque, coches aparcados en carreteras secundarias, soledad de centro comercial a las once de la mañana, Romand es todo ausencia. Es El Adversario una obra maestra de la impostura porque no revela (imposible es) el secreto, la fuente de la mentira. Carrère una vez más.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Correos(o)

El estruendoso y achicharrado sonido del timbre me sobresalto. Cartero, dijo. Más catálogos de muebles y ofertas de embutidos para nuestro buzón, pensé mientras volvía al sofá.


Entre las ventajas de mudarse de ciudad esta la de ser un turista-residente. Un tipo que obligado por su "recién llegadez" tiene que ir a sitios donde los autóctonos no van, entre otros motivos, porque esta lleno de turistas. Así, se da la extraña circunstancia de que un novel en la ciudad pueda sorprender a los lugareños indicándoles lo impresionante que es tal sitio, lo bonita que es aquella plaza o que no son tan caros los cafés en esos bares tan modernos. (Aquí el turista-residente suele equivocarse ya que esos bares Siempre son caros).
Pues resulta que yo me encuentro en una situación de ese estilo. Vago por calles que ya me suenan. Me pierdo en plazas muy parecidas. Asisto ojiplático al espectáculo del amanecer mediterráneo. Intento descifrar las explicaciones de las marquesinas de los autobuses. Compruebo aliviado que hay el Corte Inglés. Y, como no, dedico buena parte del día a entrar en bares. Bares de todo tipo.

Un hombre toma el micrófono y comienza a hablar y yo me digo que aquí algo no va bien. Miro a ambos lados y veo cabezas que asienten. Cuando da las gracias por venir sé que la encerrona será grande. La maldita costumbre de no pagar al instante me impide escapar. Mi natural inclinación al alcohol me impide dejar la cerveza por la mitad. De la mesa de al lado se levanta un hombre al que le faltan unos veinte centímetros de altura. El poeta reivindicativo, entiendo que dicen. Dinamita social, creo oír. Conciencia moral, me parece escuchar. No estoy seguro de lo que oigo, mi juicio esta alterado, soy un manojo de nervios. Mi condición de turista-residente me ha llevado a Un Recital de Poesía. Una res pidiendo hora en el Matadero. Otra cerveza, ordene con señas sabiendo que lo que vendría necesitaría alcohol. Mucho alcohol. Alea Jacta Est.


Estaba a punto de ponerme a escribir una entrada sobre la condición de turista-residente cuando sonó el timbre, también brutal e inmisericorde, de casa. La lentitud del ascensor y las nueve plantas de distancia habían hecho que me olvidase del primer timbrazo. La ilusión por recibir algo que no fuera un recordatorio del banco o la factura del teléfono me hubiese hecho firmar lo que fuese. Me entrego un paquete con forma de libro. La sensación de ser observado por el cartero me obligo a mirarlo a la cara. Era él, el Poeta Reivindicativo.

El falso bardo creyó reconocer en mí a uno de los suyos. Pensé en los Escritores Bárbaros. Pensé dar un violento portazo que le rompiese las gafas. En huir (pero ¿a donde? si no conozco esta ciudad!)  No hice nada. Firme aquí, me dijo cómplice.

*¿cuánto tiempo durará la condición de turista-residente?

martes, 4 de mayo de 2010

La secta de los escritores bárbaros

"El aprendizaje consistía en dos pasos aparentemente sencillos. El encierro y la lectura. Para el primer paso había que comprar víveres suficientes para una semana o ayunar. También era necesario, para evitar las visitas inoportunas, avisar que uno no estaba disponible para nadie o que salía de viaje por una semana o que había contraído una enfermedad contagiosa. El segundo paso era el más complicado. Según Delorme, había que fundirse con las obras maestras.

Esto se conseguía de una manera harto curiosa: defecando sobre las páginas de Stendhal, sonándose los mocos con las páginas de Victor Hugo, masturbándose y desparramando el semen sobre las páginas de Gautier o Banville, vomitando sobre las páginas de Daudet, orinándose sobre las páginas de Lamartine, haciéndose cortes con hojas de afeitar y salpicando de sangre las páginas de Balzac o Maupassant, somentiendo, en fin, a los libros a un proceso de degradación que Delorme llamaba humanización. El resultado, tras unas semana de ritual bárbaro, era un departamento o una habitación llena de libros destrozados, suciedad y mal olor en donde el aprendiz de literato boqueaba a sus anchas, desnudo o vestido con shorts, sucio y convulso como un recién nacido o más apropiadamente como el primer pez que decidió dar el salto y vivir fuera del agua.

Según Delorme, el escritor bárbaro salía fortalecido de la experiencia y, lo que era verdaderamente importante, salía con una cierta instrucción en el arte de la escritura, una sapiencia adquirida mediante la "cercanía real", "asimilación real" (como la llamaba Delorme) de los clásicos, una cercanía corporal que rompía todas las barreras impuestas por la cultura, la academia y la técnica.

No se sabe cómo pero no tardó en tener algunos seguidores."

Roberto Bolaño
Estrella Distante