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martes, 2 de octubre de 2012

Liberación

Digamos que le preocupaba muchísimo que yo lo dijese. Así que cuando yo empezaba, con el ronroneo y la retahíla, una sucesión de palabras, de diptongos, triptongos, sílabas y acentos, ella me decía que no, que no, que me callara. Y yo, enfebrecido e inflamado por el vértigo de sus besos, el tacto de su piel, pensaba que era un juego, que era un no que si, y seguía y seguía...

Jonathan Franzen lleva unos años comprando tierras en Colombia para que los pájaros que migran tengan un lugar seguro. Una reserva. Como Walter el protagonista de la Inmensa Libertad. Un libro muy superior a Las Correcciones. Probablemente el libro más ambicioso y mejor planteado que he leído en bastante tiempo. Jonathan Franzen se ha convertido en un refugio para aquellos que, como los pájaros que tanto ama, buscan un refugio, un oasis de Libertad. 


Franzen busca la recuperación de la palabra Libertad. La recuperación de su contenido. El devolverla a su acepción original, arrebatarla de aquellos que vaciándola de contenido la han utilizado para llevar las mayores tropelías, para los que en nombre de ella se han dedicado a asesinar y saquear, para aquellos que en aras de su defensa, de la defensa de La Libertad, se dedican a oprimir.

...seguía. Y ella me decía, ya seria, con la calma que da el corazón agitado y el aire viciado de la habitación, que no lo dijese. Que me guardase esas palabras. Que no las desgastara. Y yo más loco aún, con la clarividencia que daba su calor corporal, me decía que no, que no, que esas palabras serían tan ciertas hoy como mañana como pasado. Que era una Liberación para mí decirlas.

miércoles, 4 de julio de 2012

Tramoyista

Pues resulta que si, que Santiago Lorenzo, es un gran Escritor. 

En Los Huerfanitos se muestra como un gran Tramoyista, un tipo capaz de montar un Tinglado de mucha entidad, un tipo que no teme montar varias tramas y llevarlas adelante. Y que decir de su uso del lenguaje, de su gusto por las palabras, una auténtica delicia.
Porque Los Huerfanitos no solo es una novela sobre Matar al Padre, no solo son Situaciones Hilarantes o Cuentas Pendientes que toda familia tiene, que lo es. (Y vaya si lo es!)
Es un canto (El capítulo 32 es una declaración de amor en toda regla) a todo aquello que vemos como sucumbe ante la inmediatez y la tecnología, es una oda al trabajo manual, al esfuerzo, a la experiencia (Los Guajardos!), experiencia que, claro, que como no, solo puede venir del trabajo, del error, de los años.

Así como en Los Millones el dinero (su exceso y su falta) eran el motor de la trama, en esta nueva novela también lo es. El dinero es el detonante pero nunca es el resultado.  Y también comparte el mismo tono hacia la ciudad, hacia Madrid y hacia su progresiva desaparición. Porque las ciudades se componen de esos lugares y personajes singulares y únicos, hijos de la situación y entorno, solamente posibles aquí, que vemos como desaparecen ante la Uniformidad Occidental, ante el establecimiento del Canon del Viajero Lonely Planet.

Tuve la suerte de poder comprarlo en la Feria del Libro y de que el señor Lorenzo me lo firmase (y regalase un soldadito, tal y como habían anunciado sus Editores, que haría). Intercambiamos algunas palabras (elogios por mi parte; agradecimientos por la suya). Es un tipo sonriente, que transmite cierta calma, como de aquél que sobrevive al naufragio y deja de preocuparse por la hipoteca, un hombre al que la frase final de Los Huerfanitos "Si los días malos del pasado les daban risa, es que no iban por mal camino" le sienta bien. Y no me cuesta verlo con una gran, gran Sonrisa.


*Como siempre la Edición es más que sobresaliente. Hermosisimas ilustraciones a cargo de Ricardo Cavolo y un Azul que alegra mi estantería. Blackie Books, señores, Blackie Books!

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Obsolescencia Cultural Programada


Las coordenadas de "El mapa y el territorio", última y magnífica novela, de Michel Houllebecq, son las mismas que las de sus predecesoras. Un personaje solitario, la muerte (por voluntad propia),  la enfermedad, la decrepitud del ser humano, la Francia en la que vive y la que cree que vendrá, el sexo (esta vez menos), la búsqueda de la verdad y el dinero. Como siempre, no teme a expresarse, no teme a hablar con su voz, no quiere agradar ni ser correcto, no pretende ser el nuero perfecto. Habla para adultos y no para adolescentes disminuidos.



Así como un fino fajador del peso Welter nos suelta combinaciones poderosas, uno-dos, de jab y de recto, al hígado y a la barbilla, golpes severos que no tumban pero si debilitan el paso, que hacen temblar las rodillas:

“Es curioso, podría creerse que la necesidad de expresarse, de dejar huella en el mundo, es una fuerza poderosa; y, sin embargo, por lo general, no basta. Lo que mejor funciona, lo que empuja la gente con la mayor violencia a superarse sigue siendo la pura y simple necesidad de dinero.”

“Ser artista, en su opinión, era ante todo ser alguien sometido. Sometido a mensajes misteriosos, imprevisibles, que a falta de algo mejor y en ausencia de toda creencia religiosa había de calificar de intuiciones.”



Pero Houllebecq tenía preparada una pequeña sorpresita, un giro, una bofetadita, Houllebecq se sitúa a si mismo como un personaje del libro. No el personaje principal, no la voz que nos narra la historia. Es un personaje importante pero secundario. Houllebecq se describe como un viejo extraño, borracho y bipolar, que alterna el éxtasis por los embutidos con la depresión profunda. Un tipo que da pena. Así, dice:

“Lo que más me gusta ahora es el final del mes de diciembre. Entonces me puedo poner el pijama, tomar mis somníferos y meterme en la cama con una botella de vino y un buen libro. Vivo así desde hace años. El sol sale a las nueve; bueno, entre que te lavas y te tomas un café es casi mediodía, me quedan cuatro horas de luz que aguantar, normalmente lo consigo sin grandes agobios. Pero en primavera es insoportable, las puestas de sol son interminables y espléndidas, es como una puta ópera, hay continuamente colores nuevos, resplandores nuevos, una vez intenté quedarme aquí toda la primavera y pensé que me moría, cada noche estaba al borde del suicidio con este crepúsculo que no termina nunca.”
Un imbécil que se cree su propio papel, como le hace ver otro personaje.

 Houllebecq siendo un "loco excéntrico"


Sin duda la Mejor novela (si, mejor que "Las partículas elementales" o "Ampliación del campo de batalla") de Houllebecq. Llena de una inteligencia propia de los tiempos, con reflexiones inquietantes, con verdades incómodas. Con preguntas razonables que No nos queremos hacer. ¿Cómo cuáles? dice, algún escéptico, pues como esta reflexión sobre la obsolescencia programada, sobre otro tipo de obsolescencia mucho más peligrosa y que pasa de puntillas, la obsolescencia cultural:

“También nosotros somos productos – continuo- productos culturales. Nosotros también llegaremos a la obsolescencia. El funcionamiento del mecanismo es idéntico, con la salvedad de que no existe, en general, mejora técnica o funcional evidente; solo subsiste la exigencia de novedad en estado puro.”

Damien Hirst, el rey de la cultura con obsolescencia programada


Y sobre el final, como sin querer, como ese te quiero que solo nos atrevemos a pronunciar en el último momento, en la puerta de embarque cuando ya todo es inevitable y ella se va lejos, en ese instante, morir matando se dice a si mismo el viejo borracho, el puto francés, y nos suelta, la que tal vez, pero solo tal vez, sea la clave:
“Y él pensaba en verdad que había sido, la mayoría del tiempo, un policía honorable, en todo caso un policía obstinado, y la obstinación es quizá en definitiva la única cualidad humana valiosa no solo en la profesión policial sino al menos en todas las que tienen que ver con el concepto de verdad.”

Todas las citas son de "El Mapa y el Territorio" de Editorial Anagrama.