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miércoles, 23 de febrero de 2011

Messer/Cuchillo

Entre los muchos y variados miedos que me acechan, hay uno que especialmente me ataca los fines de semana por la noche: el ser atacado, mientras duermo, por una femme-fatale armada con un cuchillo jamonero. Palabrita.




Koko Taylor
Don't Mess With the Messer

miércoles, 12 de enero de 2011

Billy Doll

Uno de los mejores regalos que he recibido ha sido el libro "Por Favor, Matame. Historia Oral del Punk". Recuerdo que lo leí asombrado, no solo por la maravillosa historia, la profusión de datos, grupos, canciones, anécdotas si no por que nunca había leído una historia contada así. No sabía que eso se podía hacer.






De las muchas historias que recuerdo haber leído en este "must have" esta la de Billy Murcia. Detrás de este curioso y maravilloso nombre (anglo-pimentonero!) se encontraba el batería original de los New York Dolls. Un veinteañero pendenciero y drogadicto, algo salvaje y buen músico, amigo de Syl Sylvain y Johnny Thunders. En la primera gira europea del grupo (ni siquiera tenían un disco grabado!) se fue de fiesta con un pijos ingleses y termino muerto por ahogamiento o sobredosis, da lo mismo. Muerto.



(Mr Murcia es el segundo comenzado por la izquierda)


Sirva esta pequeña, confusa y algo alocada reseña (el que quiera enterarse de más que lea el libro y en especial el capítulo 14) para resaltar la figura de William "Billy" Murcia Prócer y mártir del Rock-n-Roll Colombiano. Por que hubo un tiempo en que existió algo más que el TropiPop (degenerado y enfermo ritmo musical que solo busca enmascarar al Reggaeton y que se ha colado en todas las facetas de la vida en ese extraño país llamado Colombia).

martes, 16 de noviembre de 2010

Kikí

Estaba enamorado de ella. Le había hecho tanto caso hasta entonces en cuantas consignas me había dado sobre cómo comportarse bajo los efectos del LSD, que por poco me arrojo confiadamente al vacío desde lo alto de la Tour Eiffel. Pero algo en el último momento impidió que me creyera que podía ir mentalmente frenando mi cuerpo en la caída. Y ese algo, aparte de una intervención a tiempo de mi inteligencia natural, fue el descubrimiento de que Kikí era monstruosa, pues, sabiendo como sabía que el ácido abre brechas peligrosas en nuestra mente, buscaba sin tapujos que yo me matara. Vi que ella no sólo no me quería nada, sino que con sus palabras buscaba desembarazarse de mí, tal vez porque quería quedarse con el poquísimo dinero que tenía en la buhardilla, o tal vez simplemente porque yo, tal como últimamente venía sospechando, le resultaba odioso. Por suerte, la ironía acudió en el último momento en mi auxilio y desarrolló en mí una prudencia egoísta que me inmunizó da la voz asesina y persuasiva de la terrible Kikí


Enrique Vila-Matas

París no se acaba nunca


(Todos hemos tenido una Kikí en nuestra vida)