Noctámbulos charlatanes esotéricos nos animan a buscar nuestro animal interior. Como si la parte irracional de nuestro ser (un 90 % calculo) se identificase con un animal. Claro, un animal de esos de Disney, hermoso y bonachón, graciosete y con unos kilillos de más, siempre dispuesto a la acción noble y con respeto máximo a los Códigos del reino animal (muy cercanos por lo que veo a los diez mandamientos, pero eso es otra Historia). En fin, Animales Disney, es decir, animales falsos y bidimensionales. Un puto león apesta, no canta canciones y probablemente prefiera comerse un brazo tuyo antes que llevarte de paseo por el Serengueti mientras saluda a otros animales y danzan con increíble habilidad.
Wilfred es una serie Extraña. Desde su Hobbitizado protagonista, pasando por su temática (Humor Negro, creo que le dicen los entendidos), pero sobretodo por Jason Gann o mejor dicho, Wilfred. Un perro gigantesco, dominado por su sicalipsis, drogadicción e irracionalidad. Un anverso de las obligaciones anodinas del Hombre de a Pie es el camino más directo hacia la locura o, mejor dicho, hacia la Vida Que Nunca Fue.
Tiene ese punto negro en la onda de A dos metros bajo tierra (mucho más liviana, claro!) y de la autoparodia de Bored to Death. Recomendadisima.
Así que no hay que buscar el animal interior. Con el que dejamos ver a menudo (animo a el lector a ver Los Refrescantes Programas del Verano o ver el Comportamiento de sus Congéneres en un Atasco) es suficiente.
Si me queréis, Engorirlase ya! (Wilfredizarse ya!)


